En la era de los vinos diseñados por un comité, de los algoritmos del gusto y la gente que habla de equilibrio emocional mientras revisa compulsivamente su correo un domingo a las once de la noche, nosotros abrimos esta botella de Jairus con una esperanza razonable y una sed bastante menos razonable.
Se trata de un tinto de parcela pequeña, de esos que todavía están hechos por personas que conocen el nombre de las piedras sobre las que trabajan y no por departamentos de innovación dedicados a justificar precios.
Jairus nace de cuatro fanegas y media de Badarán, en el corazón de La Rioja. Se producen apenas 840 botellas al año. No son 84.000, ni 840.000. Solo ochocientas cuarenta botellas. Una cifra que hoy suena a resistencia cultural. En un mercado que confunde éxito con volumen, esta pequeña producción nos recuerda que algunas de las mejores cosas que nos ocurren llegan en voz baja, sin campañas publicitarias, sin grandes promesas y sin otro argumento que el trabajo paciente de quien prefiere cuidar una viña antes que a una cuota de mercado.
En nariz aparece primero una fruta roja luminosa, cerezas, ciruelas frescas y algo que recuerda a moras recién independizadas de sus padres. Después llegan unas notas de monte bajo, hierbas secas y una sensación mineral que no viene a presumir de geología ni tampoco a explicar el suelo durante cuarenta minutos. Todo está colocado con la discreción de quien sabe algo importante y no necesita convertirlo en una charla TED.
En boca entra con la energía de alguien que todavía cree que contestar una llamada es un gesto de buena educación. Tiene una acidez viva y perfectamente medida, como las personas que todavía conservamos el hábito de escuchar antes de hablar. El vino avanza ligero pero firme, sin esa musculatura hipertrofiada que algunos tintos adquieren después de pasar demasiado tiempo mirándose al espejo del roble.
Los taninos llegan educados. Saludan, ayudan a recoger la mesa y se quedan exactamente el tiempo necesario. La fruta sigue ahí durante todo el recorrido, acompañada por una textura fresca que recuerda a esos amigos que aparecen cuando hace falta una mano en una mudanza.
El alcohol está perfectamente integrado. Funciona como ese músico de una banda que uno no lo nota, hasta que falta. El final se alarga despacio, persistente, con una mezcla de fruta, hierba y piedra mojada que se queda más tiempo que muchas promesas electorales y relaciones nacidas en aplicaciones de citas.
Jairus no es un vino que venga a cambiar la historia de la enología. Gracias a Dios. Es un vino que entiende algo mucho más difícil: que el placer suele parecerse más a una buena conversación que a un espectáculo de fuegos artificiales.
Va bien con cordero asado, embutidos, setas, quesos de media curación o con esa clase de sobremesas donde alguien termina confesando algo que no tenía previsto decir cuando se sentó a la mesa.
Por eso, si vos también estás cansado de vinos que confunden intensidad con gritar, complejidad con caos y precio con prestigio, venite a esta pequeña república independiente de fruta, frescura y sentido común. Jairus no promete salvar el mundo, pero durante un buen rato, consigue que parezca un lugar moderadamente fenomenal. 🍷